viernes, 22 de octubre de 2010

Descartes

DESCARTES

Descartes nació el 31 de marzo de 1596 en La Haye, en la Turena francesa. Pertenecía a una familia de la baja nobleza, siendo su padre, Joachin Descartes, Consejero en el Parlamento de Bretaña. La temprana muerte de su madre, Jeanne Brochard, pocos meses después de su nacimiento, le llevó a ser criado en casa de su abuela materna, a cargo de una nodriza a la que permaneció ligado toda su vida. Posteriormente hizo sus estudios en el colegio de los jesuitas de La Flèche, hasta los dieciséis años, estudiando luego Derecho en la Universidad de Poitiers. Según la propia confesión de Descartes, tanto en el Discurso del método como en las Meditaciones, las enseñanzas del colegio le decepcionaron, debido a las numerosas lagunas que presentaban los saberes recibidos, a excepción de las matemáticas, en donde veía la posibilidad de encontrar un verdadero saber.



















  • Descartes aspiraba «establecer algo firme y durable en las ciencias». Con ese objeto, según la parte tercera del Discurso, por un lado él creía que en general conviene proponerse metas realistas y actuar resueltamente, pero prevé que en lo cotidiano, así sea provisionalmente, tendría que adaptarse a su entorno, sin lo cual su vida se llenaría de conflictos que lo privarían de las condiciones mínimas para investigar.

    Es considerado como el iniciador de la filosofía racionalista moderna por su planteamiento y resolución del problema de hallar un fundamento del conocimiento que garantizará la certeza de éste, y como el filósofo que supone el punto de ruptura definitivo con la escolástica.



    Él atribuyó al conocimiento un enorme valor práctico (lo creía indispensable para conducirse en la vida, pues «basta pensar bien para actuar bien»).





    El método cartesiano, que Descartes propuso para todas las ciencias y disciplinas, consiste en descomponer los problemas complejos en partes progresivamente más sencillas hasta hallar sus elementos básicos, las ideas simples, que se presentan a la razón de un modo evidente, y proceder a partir de ellas, por síntesis, a reconstruir todo el complejo, exigiendo a cada nueva relación establecida entre ideas simples la misma evidencia de éstas.

    Las reglas del método
    Descartes consideraba que aunque la lógica tenía muchas reglas válidas, en general éstas eran inútiles, puesto que, como afirmaba en las Reglas para la dirección del espíritu, la capacidad de razonar es básica y primitiva, y nadie puede enseñárnosla. Son las reglas del método:


    1. El llamado precepto de la evidencia (también llamado de la duda metódica): No admitir nunca algo como verdadero, si no consta con evidencia que lo es, es decir, no asentir más que a aquello que no haya ocasión de dudar, evitando la precipitación y la prevención.
    2. El precepto del análisis: Dividir las dificultades que tengamos en tantas partes como sea preciso, para solucionarlas mejor.
    3. El precepto de la síntesis: Establecer un orden de nuestros pensamientos, incluso entre aquellas partes que no estén ligadas por un orden natural, apoyándonos en la solución de las cuestiones más simples (que Descartes llama "naturalezas simples") hasta resolver los problemas más complejos a nuestro alcance.
    4. El precepto de control: Hacer siempre revisiones amplias para estar seguros de no haber omitido nada.
















    Descartes anunciaba que emplearía su método para probar la existencia de Dios y del alma, aunque es preciso preguntar cómo podrían él, o sus lectores, cerciorarse de que los razonamientos que ofrece para ello tienen genuino valor probatorio.

    La duda metódica
    Descartes fue considerado el filósofo de la duda porque pensaba que, en el contexto de la investigación, había que rehusarse a asentir a todo aquello de lo que pudiera dudarse racionalmente. Él estableció tres niveles principales de duda:
    En el primero, Descartes cuestionaba cierta clase de percepciones sensoriales, especialmente las que se refieren a objetos lejanos o las que se producen en condiciones desfavorables.


    En el segundo se señala la similitud entre la vigilia y el sueño, y la falta de criterios claros para discernir entre ellos; de este modo se plantea una duda general sobre las percepciones (aparentemente) empíricas, que acaso con igual derecho podrían imputarse al sueño.









    Por último, Descartes concebía que podría haber un ser superior, específicamente un genio maligno extremadamente poderoso y capaz de manipular nuestras creencias. Dicho "genio maligno" no es más que una metáfora que significa: ¿y si nuestra naturaleza es intelectualmente defectuosa?, de manera que incluso creyendo que estamos en la verdad podríamos equivocarnos, pues seríamos defectuosos intelectualmente. Siendo éste el más célebre de sus argumentos escépticos, no hay que olvidar cómo Descartes consideraba también allí mismo la hipótesis de un azar desfavorable o la de un orden causal adverso (el orden de las cosas), capaz de inducirnos a un error masivo que afectara también a ideas no tomadas de los sentidos o la imaginación.



    Esta muestra de escepticismo, que Descartes presenta como un rasgo personal es, sin embargo,
    una característica del pensamiento de finales del siglo XVI y principios del XVII, en los que el pirronismo ejerció una notable influencia.










    Realizó tres viajes a Francia, en 1644, 1647 y 1648. En el curso del segundo cuando conoció a Pascal. Su fama le valdría la atención de la reina Cristina de Suecia, quién fue invitado por ella en Febrero de 1649 para que le introdujera en su filosofía. Descartes, partió en septiembre para Suecia. El alejamiento, el rigor del invierno, la envidia de los doctos, contrarió su estancia. La reina lo citaba en palacio cada mañana a las cinco de la madrugada para recibir sus lecciones. Descartes, de salud frágil y acostumbrado a permanecer escribiendo en la cama hasta media mañana, murió de una neumonía en Estocolmo el 11 de febrero de 1650 a la edad de 53 años.

    Frases celebres
    Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.
    Dos cosas contribuyen a avanzar: ir más deprisa que los otros o ir por el buen camino.
    El bien que hemos hecho nos da una satisfacción interior, que es la más dulce de todas las pasiones.
    No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.
    La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres.

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